Solía ser vulnerable
Quiero mostrar mi corazón, pero no quiero que lo vean
Empecé a escribir de pequeña, en diarios de vida que dejaba incompletos después de una entrada o dos. También empecé a compartir lo que escribía a temprana edad. Puede que el primer impulso haya sido una clase de Lenguaje, en la que nos hicieron escribir cuentos para publicarlos en un libro. No recuerdo de qué se trataba el texto, pero sí la sensación cuando anunciaron que ya estaba en la biblioteca el libro impreso y con él en mis manos busqué, entre tantas, alguna página en donde reconocer mi colegio, mi curso, mi nombre.
El Internet lo cambió todo. Todavía era una niña cuando apareció el primer computador en mi casa. La conexión era muy lenta y el acceso a redes era poco, me pasaba las tardes en juegosjuegos.com o juegosdechicas.com. Después, con los años, mi primer notebook, uno que se recalentaba si lo usabas sobre la cama y la llegada de Messenger (MSN). Los primeros amores estuvieron acompañados de las primeras canciones que uno compartía como estados. La identidad empezaba un poco a delinearse en ese mostrar quién era una. Subía las canciones y quería que las vieran. Quería que el chico que me gustaba y escuchaba música similar se diera cuenta de todo lo que teníamos en común, prueba inequívoca -pensaba a esa edad- de amor.
Llegó Facebook y una nueva forma de expresar. Nada más entrar a la red social había un cuadro que te preguntaba qué pensabas. Era fácil compartir el corazón y las ideas así. Luego, Tumblr. Terminaba la enseñanza básica en el colegio y esa página donde la mayoría de las personas que seguía y me seguían eran desconocidas se volvió un refugio. Podía compartir mis experiencias, emociones y reflexiones de adolescente con solo dar “repost”. El anonimato era algo exquisito y la cantidad de contenido que existía me permitía fácilmente poner mis palabras en las de otras personas. Puede que por culpa de Tumblr hoy escriba como escriba, abriendo el corazón.
Cuando Tumblr definitivamente pasó de moda e Instagram cobró relevancia, yo ya estaba en la Universidad. Nunca, ni siquiera ahora, he dejado de revisar al menos una vez al año esa primera web que le dio un megáfono a mi alma. Miro las fotos que publicaba y me parecen tan bellas, tan nostálgicas. Es un pedazo de mí que ya no existe, pero existirá para siempre.
Después de Tumblr probé Blogspot y puede que haya probado Wordpress, así como ahora pruebo Substack y probé por un ratito breve Notion. Nada me dio la sensación que tenía cuando estaba allí. Hay una fuerza distinta es desnudarse sin saber quién te mira. En creer que una lo hace frente al espejo, aunque del otro lado haya gente.
Empecé a escribir en Instagram porque necesitaba expresar lo que pensaba y sentía. Es distinto ponerlo en papel a ponerlo en digital. Es distinto que esté en tu diario, entre las notas de tu día a día -y la lista del supermercado y las cosas que tienes que hacer para el trabajo después- a dedicarle un sitio específico. Para mí tiene que ver con darle valor a los textos, con soltar esa idea o emoción que me está dando vueltas por el cuerpo también. Creé un Instagram específico para mis textos y si bien al inicio no era anónimo, igual que en Tumblr, me gustaba la idea de escapar de mí misma, de mi imagen, de las fotos con mi cara y de toda la gente que se supone sabe quién soy.
El Instagram “agarró vuelo” y a medida que llegaba más gente era más difícil desconectarse, ignorar los ruidos detrás del espejo que me hacían pensar “hay alguien más aquí”. Como todas las cosas, pasé un poco de moda. No lo vi demasiado tiempo con tristeza. Me gusta la idea de pensar que así como visitar mi Tumblr me trae nostalgia y me permite ver un pedacito de mi historia, hay otras que visitando mi perfil pueden decir: Así sentía antes.
A veces me pregunto si alguna vez voy a poder escribir de nuevo como escribía. Probablemente no. Quizás me haría falta empezar de nuevo, sentir una vez más que solo soy yo. Así como las personas cambian de ciudades o se cortan el pelo cuando necesitan sentir que su vida les pertenece. Quizás por eso me mudo a Substack, porque necesito sentir que mi escritura es mía, que tengo el poder de presionar las teclas.
Hace unos días, entregando una copia de Dormitorio, el librito que reúne los textos antiguos del Instagram-blog, la chica a la que le hizo la entrega me dijo algo del tipo “Te sigo hace muchísimo tiempo”. A veces me cuesta sentir el peso de las cosas, que el comentario tierno o de cumplido traspase las 20 capas tipo cebolla hasta llegar al centro del corazón. Probablemente respondí algo del tipo "¿Ah sí?”. Ella continuó: “Te escuchaba cuando estaba en el colegio y ahora estoy terminando la Universidad”. No sé qué dije después. Nos despedimos y me quedé un rato pensando. Hay alguien en el mundo que por un tiempo largo conoció mi corazón.
Para escribir desde el alma hay que saber ser vulnerable. Hay que escribir lo que duele sin temor a verse rota. Compartir las esperanzas o ilusiones, sin miedo a ser vista como ingenua o tonta si no llegan a hacerse realidad. Hay que decir “me equivoqué”, aunque cueste reconocer el error o “no sé qué hacer” y abandonar la imagen de mujer clara, decidida, dura, asertiva, inteligente y resuelta que una ha construido al rededor de su cara y el tono 273 del labial 3INA.
En su segundo disco, GUTS, Olivia Rodrigo canta en “scared of my guitar” cómo no puede acercarse a su guitarra porque aunque dice que está bien, probablemente si comienza a cantar va a tener que enfrentarse a la realidad de que hay cosas que duelen. Tal vez por esa razón no puedo volver a escribir como escribía, porque para hacerlo tendría que volver a mostrar las partes “menos aesthetic” de mi corazón, en una sociedad -y una autoimagen- que ha avanzado hacia la higienización de todo, hacia la altura moral de tener resuelta la vida y las emociones.
¿Es un delito no querer mostrarme débil? ¿Es tan terrible si perdí la capacidad de encontrar fortaleza en las heridas?
Para escribir con ligereza a una tiene que darle un poco lo mismo quién la lea. O qué opine quién la lea ¿Qué puede saber el otro del propio corazón?
¿Pero cómo se recupera esa habilidad? Probablemente escribiendo. Probablemente escribiendo lo que una puede escribir, como este texto sobre mi temor a escribir.
Hace unas semanas tuve otro encuentro, con alguien que solía ser mi amiga. La vida separa pero probablemente no nos damos cuenta de hasta qué punto cada quién tiene responsabilidades. Quizás es más fácil aceptar que hay decisiones que nos encaminan por senderos determinados y que cada quien está intentando recorrer su camino. El encuentro me pilló desprevenida. Yo estaba tomándome un café helado y haciendo hora para juntarme con mis nuevas amigas, las que quieren a quien soy, pero no conocen la que fui.
“Vi que te cambiaste de casa”. Sí, sí, respondí. “Vi que vas a comprar a la feria”. Sí, sí.
No sé por qué me dejó tan inquieta una small talk, pero sí sé que me dejó preocupada sobre lo que comparto online. A veces pienso que hay demasiado de mí repartido por los cables interoceánicos ¿Si todos tienen un pedazo mío qué es propio? ¿Si todos tienen una parte de la historia en qué trozo escribo? Quiero crear, pero no quiero ser percibida. Quiero mostrar mi corazón, pero no quiero que lo vean. Quiero recuperar la sensación que tenía cuando joven de que el mundo era un espejo en el que si sonreías al final del día tu reflejo te sonreía de vuelta.
Podría elegir seguir guardando mis palabras en un cofre con un gran candado. Subiendo al escenario solo las partes “más bonitas” de ver, a riesgo de que me abucheen o cuando me apunten las luces me de cuenta de que estoy haciendo el ridículo. Pero hay un detalle importante: a mí lo único que me conmueve es lo que sale del corazón. El resto me entretiene, me estimula, pero lo que se crea hablando desde el alma lo codifico en otro lenguaje, uno que me habla directo a la fibra, que me recuerda lo que significa estar viva.
Hace poco, en una evaluación de desempeño del trabajo, un jefe con el que hay buena onda me preguntó: ¿Tú qué quieres hacer? ¿Qué te ves haciendo en el futuro? No sé, le dije, escribir. Hace unos años, en una cita, debo haber hablado sobre mi visión de que la vida es para compartirla, que sin abrir el corazón no tiene sentido ¿Ese es el objetivo que le das a tu existencia entonces, el amor? respondió él intentando descifrarme. Me cayó mal que intentara leerme, así que le dije que no, pero todavía lo pienso. Hubiera sido más honesto decir que sí. Dejarme leer, abrir el corazón, arriesgarme a mostrarlo todo, a querer, pero al final del día la piel aprende a erizarse cuando siente la brisa y los párpados saben cerrarse si ven cerca el impacto.
Si no escribo desde el corazón, no lo siento propio, no lo siento en la piel. Si no soy sincera cuando escribo, no tiene sentido escribir. Así que voy a intentar mostrarme, con un poco más de miedo, una vez más.






La autenticidad es el arma mas potente de un artista, me gustó mucho leerte ❤️